Jefe Seattle: ¿Como pueden comprar el cielo, la tierra?

Seattle (¿1786?-1866) es antes que nada el nombre de un gran jefe indio de las tribus Dumawish y Suquamish. Es conocido especialmente por su discurso de 1854, en el que expresaba su rechazo a la venta de los territorios indígenas al gobierno de los Estados Unidos.
La autenticidad de las palabras exactas es discutida y existen al menos tres versiones del texto. Gracias a las notas del doctor Henry Smith , representante del gobierno en la negociación, una primera versión fue publicada en el Seattle Sunday Star en octubre de 1887. La que hoy se considera como referencia data de los años 70.

(Foto) Jefe Seattle, retrato de estudio.
— Photo : Sammis, 1864.

Discurso:

¿Cómo pueden comprar o vender el cielo, el calor de la tierra ?

Nos parece una idea extraña. Si nosotros no somos los dueños de la frescura del aire, ni de los reflejos del agua. ¿Cómo podrían comprárnosla?

Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo.

Cada brillante aguja de un abeto, cada playa de arena, cada retazo de neblina en el oscuro bosque, cada claro de él, y cada zumbido de insecto es sagrado en la memoria y la experiencia de mi pueblo.

La savia que circula en los árboles lleva los recuerdos del Piel roja.

Los muertos de los hombres blancos olvidan la tierra en que nacieron cuando parten a vagar entre las estrellas. Nuestros muertos nunca olvidan esta tierra maravillosa, pues es la madre del Piel roja. Somos una parte de la tierra, y ella es una parte de nosotros. Las flores fragantes son nuestras hermanas, el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Las cimas rocosas, las suaves praderas, el calor del mustang, y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Por eso cuando el gran Jefe de Washington, manda decir que quiere comprar nuestra tierra está pidiendo demasiado. El gran Jefe manda decir que reservará un lugar donde podríamos vivir cómodamente. El será nuestro padre, y nosotros seríamos sus hijos. Consideraremos su oferta de comprar nuestra tierra. Pero no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros.

El agua cristalina que brilla en arroyos y ríos, no es sólo agua sino sangre de nuestros antepasados. Si vendemos nuestra tierra, deben saber que es sagrada, y que cada pasajero reflejo en la claras aguas habla de los hechos y los recuerdos de la vida de mi pueblo. Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos llevan las canoas y alimentan nuestros hijos. Si vendemos nuestra tierra tienen que recordar, y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y los vuestros, y tendrán desde ahora que mostrar por ellos el cariño que mostrarían por un hermano. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de pensar. Para él una parcela de tierra es igual a otra, pues es un extranjero que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemigo, y cuando la ha conquistado, continúa aún más lejos. Abandona la tumba de sus antepasados y no le preocupa. Roba la tierra a sus hijos, y no le importa. La tumba de sus ancestros y el patrimonio de sus hijos caen en el olvido. Trata a su madre, la tierra, a su hermano, y al cielo, como cosas que se compran, roban, venden, como ovejas o perlas brillantes. Hambriento, se tragará la tierra, y no dejará sino un desierto.

No hay lugar tranquilo en las ciudades de los hombres blancos, no hay donde poder escuchar las hojas crecer en primavera o el ruido de las alas de un insecto. Pero quizás es porque yo sólo soy un salvaje, y no lo puedo entender. ¿Qué interés tiene la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras, o las conversaciones de las ranas al borde de un lago al anochecer? Yo soy un Piel roja y no lo entiendo. El indio prefiere el suave susurro de la brisa sobre la superficie del lago, el olor del viento lavado por la lluvia matinal, o perfumado por los pinos.

El aire es imprescindible para el Piel roja, pues todas las cosas participan del mismo soplo.

El animal, el árbol, el hombre, todos comparten el mismo aliento.

El hombre blanco parece no darse cuenta del aire que respira como un hombre que agoniza varios días, insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestra tierra no olviden que el aire es precioso; que comparte su espíritu con todo lo que hace vivir. El viento que dió a nuestros padres el primer aliento, también recibió su último suspiro. Y si les vendiéramos nuestra tierra, tendrían que conservarla aparte y considerarla sagrada, como un lugar donde incluso el hombre blanco puede disfrutar del viento endulzado por las flores de la pradera. Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestra tierra. Pero si decidimos aceptarla pondremos una condición: el hombre blanco deberá tratar los animales de la tierra como a sus hermanos.

Yo soy un salvaje, y no conozco otra manera de vivir.

He visto mil bisontes pudriéndose en la pradera, abandonados por el hombre blanco que los había abatido desde un tren que pasaba. Yo soy un salvaje y no puedo comprender cómo el caballo de hierro humeante, puede ser más importante que el bisonte, al que nosotros matamos sólo para subsistir.

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen el hombre también moriría en una gran soledad de espíritu. Lo que les sucede a los animales, le sucederá luego a los hombres. Todo está estrechamente unido.

Deben enseñar a vuestros hijos que el suelo en que caminan está hecho con las cenizas de nuestros antepasados. Para que respeten la tierra, cuéntenles que ella se ha enriquecido con las almas de nuestros antepasados. Enséñenles a sus hijos lo que hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre, todo lo que le pase a la tierra, les sucede a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen sobre la tierra, se escupen a sí mismos.

Nosotros sabemos al menos esto: la tierra no pertenece a los hombres, es el hombre quien pertenece a la tierra. Todo está unido como la sangre que une una misma familia. Todo está unido.

Lo que le pase a la tierra, le sucederá a los hijos de la tierra.

No es el hombre el que tejió la trama de la vida: él es solamente un hilo. Todo lo que haga al tejido, se lo hace a sí mismo.

Incluso el hombre blanco, cuyo dios camina y habla con él, como dos amigos, no escapa al destino común.
Después de todo quizás seamos hermanos. Veremos. Hay algo que sabemos que quizás el hombre blanco descubrirá un día: nuestro dios es el mismo. Es posible que ustedes piensen poseerlo como quieren poseer nuestra tierra, pero no pueden. El es el dios de todos los hombres y su piedad es la misma para el hombre rojo y para el hombre blanco. Esta tierra le es entrañable y atentar contra ella es despreciar su creador. Los hombres blancos también desaparecerán, quizás antes que todas las otras tribus. Contaminen su cama y una noche se ahogarán en sus propios deshechos.

Pero, muriendo, brillarán con la fuerza del dios que les ha traído a esta tierra, y que por algún designio particular les ha hecho dominar esta tierra y al Piel roja. Este destino es para nosotros un misterio, porque no entendemos cuando los bisontes son masacrados, los caballos salvajes domados, los rincones secretos del bosque invadidos por el olor de muchos hombres, y la vista desde las colinas en flor contaminada por los alambres que hablan.

¿Dónde están los matorrales? Desaparecidos. ¿Dónde está el águila? Desaparecida.

El fin de la vida, el inicio de la sobrevivencia.

Jefe Seattle, 1854

Publicado en DISCURSOS, REFLEXIONES.

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