piÛ!

piÛ!

La violencia – el terror –
magnetiza fuertemente nuestra atención,
fija el flujo de nuestras Almas
cuyo hábitat natural es la Paz.
Paralizar es su cometido.

La violencia ha sido históricamente ejercida
para detener la voluntad de la humanidad.
Voluntad que se dirige, inevitablemente y por ley natural,
hacia la Libertad,
la que tanto asusta a quienes se han acomodado al temor
hasta gobernar desde él,
y/o que se han resignado al sufrimiento,
que han olvidado su «misión» o impronta vital natural,
siempre en evolución hacia su mayor expresión,
y claramente esta no es bajo las formas del temor.

Bien hacen las Almas atentas en elevar su correspondencia,
en alimentar su conciencia con toda visión que permita concebir realidades superiores.
En orar en gratitud, fortaleciendo el vínculo con el Espíritu y sus dimensiones de naturaleza perfecta.
Bien hacemos al magnetizarnos con la amplitud de nuestra consciencia,
con concedernos el tiempo para exponernos a fuentes de frecuencias elevadas;
prácticas, sonidos, silencio… aún mejor la calma en la naturaleza
que siempre persevera en irradiar nuestras más altas correspondencias,
como el Paraíso que en sí aún nos representa

Orar… tornar en oro la mente, la palabra, la manifestación envilecida
Atraer de los planos sutiles las memorias ahí grabadas como posibilidad,
dentro de la consciencia universal y divina,
como abundante provisión en el almacén de los atentos.
Esto es lo que simboliza la pirámide verdadera, una huella asencional guiada por el Sol,
— así las pirámides erguidas por nuestros ancestros –
luego fue la perversión del símbolo en formas menores (sellos y medallas)
con un ojo humano (tuerto) sobre viles piedras graficadas.

Así como hay una fuerza que opera del lado oscuro,
desde donde difícilmente les reconoceremos, pues les oculta la sombra,
también somos muchos quienes jugamos en la luz
aún aprendiendo a precipitar con mayor poder
los reinos de la Libertad que han sido ocultos a la mente a fuerza de temor. [continúa en primer comentario]

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